El coreógrafo Bernardo Orellana se encuentra trabajando en el montaje de Caminos de Sal, una obra de danza contemporánea que explora la memoria, la femineidad y las experiencias de vida de mujeres vinculadas profundamente a la danza.

Esta obra tuvo su primera edición en México en el año 2017 y ahora vuelve a escena bajo un nuevo formato que busca reconstruir y resignificar su discurso desde el presente.

“La obra se está trabajando con una estructura que nosotros llamamos reconstrucción, que es una fórmula coreográfica contemporánea que toma trabajos pasados y los trae a la época”, explica Orellana sobre este nuevo proceso creativo. La propuesta retoma el eje central de la versión original: reflexionar sobre cómo las mujeres transitan sus vidas y carreras desde sus propios cuerpos y experiencias.

En esta nueva versión, el elenco está compuesto por mujeres con una extensa trayectoria en la danza y las artes escénicas, entre ellas Tatiana Martínez y Rebeca Portillo. Según el maestro Bernardo, la elección no es casual: “La idea era trabajar con maestras de danza o mujeres ya muy posicionadas en la disciplina, que pudieran relatar desde el cuerpo cómo ha sido su tránsito en esta carrera”.

La obra aborda conceptos como la memoria personal, la femineidad y el feminismo, cuestionando las estructuras que históricamente han condicionado la experiencia de las mujeres. “Es una obra muy crítica respecto a los parámetros que el patriarcado ha impuesto sobre lo femenino”, señala Orellana. A esto se suma una reflexión sobre el cuerpo femenino, el deseo, la fuerza, la empatía y la sororidad, conceptos que —según explica— también pueden transformarse en nuevas exigencias o constructos sociales.

Aunque Caminos de Sal tuvo una positiva recepción en México, el proceso creativo fue particularmente intenso para sus intérpretes. “La temática vulnera mucho la intimidad de quienes participan”, recuerda el coreógrafo. Parte de la música de la obra incluso incorpora registros de entrevistas y voces de las bailarinas, generando una conexión directa entre experiencia personal y puesta en escena.

Sin embargo, Orellana destaca que el enfoque actual ha tomado un rumbo distinto al de hace casi una década. “En la versión anterior existía una sensación muy marcada de dolor, muy vinculada al contexto que vivía México en ese momento, especialmente respecto al feminicidio. Hoy aparece más la idea de reconstrucción, de reapropiarse y resignificar la experiencia. Las entrevistas ahora son muy sensibles a la felicidad de estar en escena”, comenta.

Actualmente, el equipo lleva cerca de dos meses de ensayos. Para el coreógrafo, esta etapa ha significado también un proceso de descubrimiento y cuestionamiento sobre las formas tradicionales de crear danza. Su investigación doctoral, centrada en lo que denomina “danza de confesionario”, trabaja precisamente con obras construidas desde la experiencia íntima de las intérpretes.

“Hay muchas ideas preconcebidas sobre cómo se debe trabajar en danza. Yo tengo una metodología mucho más relajada, y eso a veces genera incertidumbre, pero también vuelve el proceso más rico”, explica.

Más que enfocarse únicamente en el resultado final, Orellana busca que las intérpretes comprendan el valor de resignificar la historia y la experiencia a través de la escena. “Quiero encontrar respuestas sobre los recorridos en el hacer de la coreografía y entender que este tipo de procesos puede darle más trascendencia a la danza”, afirma.

Sobre el impacto que espera generar en el público, el coreógrafo reconoce que su mayor interés es que los espectadores se sientan parte de la experiencia. “Me gustaría que cualquier mujer que vea la obra sienta que también podría estar ahí, hablando de ella misma”, concluye.