Cinco compositores recientemente egresados tuvieron la oportunidad de ver sus obras interpretadas y estrenadas por la Orquesta Marga Marga, primero en el Museo Palacio Vergara de Viña del Mar y luego en el Teatro Zoco, en Santiago. El proyecto —dirigido por Luis José Recart— no solo marcó un hito artístico para cada uno de ellos, sino que también se transformó en una experiencia formativa clave en el cierre de su etapa académica y el inicio de su proyección profesional.

Para Octavio Mena, el estreno de Perder toda forma llega en un momento especialmente significativo. “Desde lo profesional, significa mucho poder estrenar una obra con una tremenda orquesta justo al momento de egresar. Es como un ‘timing’ perfecto”, señala. En su pieza destaca una búsqueda consciente por la simpleza técnica, priorizando texturas y colores sin exigir de más a la orquesta. Escuchar su obra interpretada por músicos profesionales fue, según comenta, una experiencia profundamente pedagógica: “Superar la barrera digital y lograr que la música suene tal como está escrita es algo genial”. Además, valora el clima de trabajo generado junto a la orquesta y su director, marcado por el respeto, el diálogo y la buena disposición mutua, aprendizajes que considera fundamentales para su desarrollo como compositor.

Una vivencia igualmente intensa tuvo Gregorio Ried, autor de Cordilleras de sal, quien describe el estreno como el punto culminante de un proceso de cinco años de formación. “Ver la música de uno mismo interpretada por músicos profesionales es algo muy emocional. Cobra otra vida”, afirma. Su obra responde a una etapa de búsqueda personal, con un lenguaje que se aleja de lo tradicional y que incorpora elementos pandiatónicos, texturas contrapuntísticas y paisajes sonoros inspirados en el norte de Chile. Ried destaca especialmente el rol de Luis José Recart, a quien define como el motor del proyecto: “Su disposición, sus palabras de aliento y la posibilidad de dialogar sobre la interpretación son cosas que uno no se encuentra habitualmente”. Para el compositor, esta experiencia demuestra cómo una oportunidad pequeña puede transformarse en un proyecto de gran impacto si existe compromiso y apertura.

Desde otra perspectiva, Tomás Muñoz, compositor de Estelas de un recuerdo, subraya el privilegio que significó escribir para una de las orquestas más destacadas del país. En su obra, el contenido melódico cumple un rol central, junto a una armonía que busca ser accesible para el público actual. “La materialización de mi obra, tocada por intérpretes tan finos y sensibles, fue algo hermoso”, comenta. Muñoz valora especialmente el feedback recibido durante los ensayos, así como los aprendizajes técnicos que le dejó trabajar directamente con intérpretes profesionales, experiencia que considera clave para seguir desarrollando su escritura orquestal.

Para Ian Quezada, autor de Lágrimas del ocaso, el estreno llega como un impulso decisivo tras el egreso. “En esta etapa, donde se siente cierto vacío, esto es un empujón muy grande”, reconoce. Su lenguaje compositivo busca, ante todo, plasmar emociones y atmósferas, permitiendo que la música “hable por sí sola”. La posibilidad de ver su obra interpretada por una orquesta de este nivel refuerza su motivación por seguir componiendo y proyectando su trabajo en nuevos escenarios.

Finalmente, Oliver Reid, compositor de Divertimento para cuerdas, define la experiencia como un honor y un cierre académico profundamente simbólico. Su obra nace como un estudio del género divertimento, explorando influencias de compositores del siglo XX como Béla Bartók y Grażyna Bacewicz, junto a elementos de su propio bagaje folclórico y popular. Reid destaca la apertura de la orquesta y de su director durante el proceso de ensayo, así como el aprendizaje que implica “soltar la obra” y permitir que los intérpretes le den vida desde su propia sensibilidad. En un contexto donde los estrenos suelen ser autogestionados, valora este tipo de instancias como esenciales —aunque escasas— para la formación y visibilización de nuevos compositores.

Más allá del estreno y del reconocimiento profesional, estas obras marcan un momento de transición: el paso desde la formación académica hacia una voz propia que comienza a abrirse camino en la escena musical chilena. Escuchar sus partituras cobrar vida en manos de una orquesta profesional no solo valida años de estudio y búsqueda, sino que también reafirma una convicción compartida: la creación sigue viva, latiendo en nuevas generaciones que encuentran en estos espacios una primera luz para proyectar su futuro artístico.